Un supuesto que no resiste al contraste con los datos
La idea de que la inmigración —por su fecundidad presuntamente más alta— compensaría el déficit demográfico español es un supuesto recurrente en el debate público. Hasta hace poco apenas se podía contrastar: sólo recientemente una proporción amplia de los inmigrantes de segunda generación ha empezado a formar sus propias familias.
La literatura disponible, aunque todavía incipiente, empieza a mostrar tendencias consistentes, y apunta en una dirección contraria al supuesto de partida: salvo excepciones concretas y bien delimitadas, la fecundidad de los descendientes de inmigrantes converge, generación tras generación, hacia los patrones —bajos— de la población de acogida. Esta nota revisa esa evidencia pensando en el caso español, con referencias a Francia, Suecia y Gran Bretaña como apoyo comparado a los mecanismos explicativos.
Qué nos dicen los datos, país por país
España: la fecundidad de las descendientes de inmigrantes en España converge con la de las nativas. Las descendientes de latinoamericanas presentan una fecundidad completa en torno a un 10% inferior a la nativa; las de origen magrebí mantienen una fecundidad algo superior, impulsada principalmente por el colectivo marroquí.
La diferencia latinoamericana se explica por mecanismos de selección y disrupción migratoria, y la magrebí por socialización familiar y la interrelación entre formación de uniones y maternidad.
Francia: la fecundidad de la mayoría de las descendientes de inmigrantes converge hacia los patrones nativos, a ritmos distintos según el origen. Las descendientes de subsaharianos y del sudeste asiático presentan una fecundidad más baja que la nativa; las de origen magrebí, una fecundidad completa global similar (1,9 frente a 1,8 hijos) con fuerte heterogeneidad interna; solo las de origen turco presentan tasas superiores.
Suecia: la fecundidad total de las descendientes de inmigrantes es, en conjunto, algo inferior a la de las suecas nativas, brecha que se amplía con el peso de orígenes no nórdicos. Solo las descendientes de países nórdicos igualan el comportamiento nativo.
Los autores insisten en que estas diferencias no se explican por posición socioeconómica, sino por pautas de formación de uniones e integración cultural: la fecundidad de la segunda generación no se sitúa en un punto intermedio entre nativos e inmigrantes, sino en niveles similares o inferiores a los autóctonos.
Gran Bretaña: excepción más clara a la convergencia, pues la segunda generación de origen paquistaní y bangladesí mantiene una fecundidad completa significativamente superior a la nativa, explicada por la alta segregación residencial durante la infancia («cultural entrenchment»), no por factores socioeconómicos.
Factores que determinan la convergencia
La formación de uniones es el predictor individual más sólido de una fecundidad elevada. Pailhé (2017) muestra que la baja fecundidad de subsaharianos, magrebíes y asiáticos en Francia depende, en gran medida, de su menor propensión a formar pareja; al controlar por este factor, sus diferencias con las nativas se diluyen o se invierten. Andersson et al. (2017) confirman el patrón en Suecia: los grupos con menor riesgo de primer nacimiento son también los que muestran menor probabilidad de matrimonio.
La religiosidad no actúa de forma aislada, pero refuerza los patrones tradicionales cuando se combina con entornos comunitarios preservados y con el uso del idioma de origen en el hogar —de forma especialmente marcada en el colectivo turco.
La situación socioeconómica, en cambio, explica menos de lo que suele asumirse. Al controlar por condiciones económicas en Francia, la brecha de los descendientes magrebíes no disminuye, sino que se amplía. Andersson et al. (2017) identifican en Suecia 17 grupos de origen con fecundidad inferior a la nativa incluso tras ajustar por estatus socioeconómico, y constatan que la mejora económica suele acelerar, no frenar, la adopción de pautas fértiles reducidas.
El tamaño familiar de origen se transmite de forma desigual: incrementa con fuerza la probabilidad de un primer hijo entre subsaharianos y asiáticos, pero entre magrebíes solo resulta determinante en la transición a partir del tercer hijo.
El nivel educativo acelera la convergencia a la baja entre las descendientes de inmigrantes, mientras que en la población autóctona europea la educación terciaria se asocia a mayor probabilidad de un tercer hijo cuando existen condiciones de estabilidad y corresponsabilidad doméstica (Goldscheider et al., 2015; Esping-Andersen & Billari, 2015).
Para España, Requena (2022) constata que el gradiente educativo negativo persiste por barreras estructurales de empleo, vivienda y reparto de cuidados —lo que sugiere que removerlas liberaría fecundidad potencial en la población autóctona formada.
Por último, la endogamia, la integración lingüística y la segregación residencial son, en conjunto, el principal sostén de la fecundidad persistentemente elevada allí donde se observa. Wilson y Kuha (2018) lo demuestran para paquistaníes y bangladesíes en Gran Bretaña; Andersson et al. (2017) concluyen, para Suecia, que las divergencias no responden al origen étnico en sí, sino al aislamiento en redes que pueden derivar en sociedades paralelas.
Cuatro conclusiones para la política demográfica española
La literatura converge en una idea central: salvo excepciones puntuales y bien delimitadas —turcos y magrebíes en Europa continental, paquistaníes y bangladesíes en Gran Bretaña—, la fecundidad de los descendientes de inmigrantes tiende hacia la de la población nativa a medida que avanzan las generaciones.
El nexo común entre los grupos que escapan a esta tendencia no es su origen geográfico o religioso, sino su inserción en redes comunitarias paralelas sostenidas por endogamia, segregación residencial y idioma de origen. Para España, no hay evidencia de que se esté consolidando ese tipo de enquistamiento cultural generalizado; la excepción parcial —la segunda generación marroquí— afecta a un subconjunto del colectivo magrebí, y su magnitud exige cautela interpretativa.
De ahí se derivan cuatro conclusiones:
La inmigración no constituye, por sí sola, una solución sostenible al invierno demográfico español: el efecto compensatorio, si existe, es transitorio y decreciente generación tras generación.
Los escasos casos de fecundidad persistentemente elevada están asociados a baja integración —residencial, lingüística y relacional—, no al origen étnico o religioso.
La sostenibilidad demográfica española no puede descansar sobre supuestos diferenciales de fecundidad por origen, sino que exige actuar sobre los determinantes de la fecundidad autóctona: formación de uniones, vivienda, conciliación y certidumbre económica.
La población autóctona formada es, precisamente, el segmento donde la literatura sitúa el mayor potencial de recuperación de la fecundidad si se remueven sus obstáculos estructurales. Revitalizar su fecundidad es una prioridad mil veces preferible a una política migratoria de puertas abiertas.
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Publicado originalmente en La España Postergada.
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